El relato que sigue a continuación es una historia fascinante de lo que mi madre vivió hace muchos años, en una esquina de Chincha que aún guardo con cariño, y que se volvió una leyenda chinchana de mi familia. Es un episodio que mezcla misterio y tradición, un reflejo del folklore que se ha tejido en las calles de esta ciudad.
En el año en que nació mi segundo hermano, mi familia vivía en la esquina de la calle Chavín con San José. La casa tenía una ubicación peculiar, ya que la puerta principal se encontraba en la misma esquina, con ventanas que daban hacia ambas calles. Esa noche, mi papá había salido con un grupo de amigos del barrio a ver una película en el Cine Chincha, el que quedaba antiguamente en la primera cuadra de la Av. Benavides. Mientras tanto, mi madre se quedó en casa cuidando a mis hermanos mayores, que tenían uno y dos años respectivamente. Yo aún no había nacido.
En esa época, las calles de Chincha eran tranquilas a partir de las 10 de la noche. Un silencio tan profundo que cada sonido, por mínimo que fuera, se podía distinguir con claridad. Esto es importante para entender el extraño suceso que vivió mi madre aquella noche.
Mientras esperaba el regreso de mi papá, mi mamá decidió ver televisión en la sala con mis hermanos. Faltaban pocos minutos para la medianoche cuando escuchó el sonido de un caballo que venía por la calle Chavín. En ese momento, recordó que todas las mañanas pasaba un señor a vender leche con su caballo, y pensó que tal vez era él, de regreso a casa. Con esa idea en mente, cogió a mis hermanos y fue a la ventana para ver al caballo pasar.
Justo cuando estaba a punto de abrir la cortina de la ventana que daba hacia la calle Chavín, el caballo lanzó un relincho que le erizó la piel. Lo que la sorprendió aún más, fue que el caballo se detuvo frente a la ventana. Mi mamá no sabe cuánto tiempo estuvo paralizada en esa posición, solo recuerda que recobró el sentido cuando escuchó el bullicio del grupo de mi papá, que ya estaban llegando del cine.
Al entrar a la casa, mi madre le preguntó a mi papá si había visto al caballo, pero él le respondió con desconcierto, diciendo que no había visto nada en la calle. A partir de ese momento, esa noche quedó grabada en la memoria de mi madre y, por supuesto, en la mía, ya que me contó esta historia desde que tengo uso de razón.
Hace poco, durante una conversación con un amigo del barrio, surgió nuevamente el tema del caballo. Para mi sorpresa, me comentó que algunos años atrás, cuando estaba en la universidad, se quedó hasta tarde trabajando en su casa y también escuchó el trote de un caballo pasar por su puerta. Esto me dejó pensando que quizá no es un caso aislado.
Chincha es una ciudad llena de relatos, y estoy seguro de que cada familia y cada calle tiene una historia que contar. Este tipo de vivencias forman parte del folklore y la cultura de nuestra ciudad. Me encantaría escuchar otras experiencias similares de los chinchanos, porque en cada relato hay una pieza única del pasado que merece ser preservada y compartida como una leyenda de Chincha.
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