En el folclore de muchas regiones de Perú, las historias de brujas no solo son cuentos, sino advertencias transmitidas de generación en generación. Estos relatos, repletos de misterio y miedo, se integran en la vida cotidiana de los pueblos, alimentando el imaginario popular. Una de estas narraciones nos transporta a una noche inquietante en el distrito de Grocio Prado en Chincha, donde un hombre común enfrentó lo inexplicable con valentía y una buena dosis de superstición.
Todo comenzó cerca de las 11 de la noche, cuando nuestro protagonista regresaba a casa después de visitar a los regadores en las parras. Era un camino solitario, envuelto en la oscuridad, donde el silencio solo era roto por los crujidos de la bicicleta y el murmullo lejano del viento. Fue entonces cuando un sonido extraño irrumpió en la quietud: un aleteo pesado, casi como el de un gallinazo, acompañado de unos gritos guturales: “Ca, ca, ca, ca”. El hombre, al recordar las advertencias de los vecinos sobre una bruja que merodeaba por esos parajes, decidió enfrentarse al temor en lugar de huir.
Armado únicamente con una lampa que llevaba consigo, recordó un consejo ancestral: el sonido metálico puede desorientar a las brujas y hacerlas caer. Con determinación, comenzó a golpear la lampa contra una piedra, creando un estruendo que rompía la noche. Entre golpes y desafíos lanzados al aire, gritaba: “¡Baja, bruja, que aquí te espero!”. A pesar de estar completamente solo, su valentía —o tal vez su necesidad de ahuyentar el miedo— lo mantuvo firme.
Mientras el ruido metálico resonaba, los gritos de la supuesta bruja se intensificaron. Un sonido seco, como el de un bulto pesado cayendo al suelo, interrumpió la batalla sonora: “¡Pum!”. Al acercarse al lugar del impacto, lo que encontró no fue un animal ni la figura de una bruja, sino una piedra grande. La conclusión fue inmediata y alimentada por las historias que había escuchado: la bruja, incapaz de resistir el sonido de la lampa, se había transformado en piedra.
Aunque narró su experiencia con orgullo, asegurando que no había sentido miedo, confesó que su cuerpo temblaba incontrolablemente al recordar el suceso. La mezcla de coraje y temor reflejaba la dualidad de enfrentar lo desconocido: por un lado, la necesidad de protegerse; por otro, el poder que tienen las creencias sobre nuestra percepción de la realidad.
Esta historia no solo es un relato de terror nocturno, sino también un recordatorio de cómo las supersticiones influyen en nuestra cultura. La bruja, ya sea real o producto de la imaginación, simboliza el miedo a lo inexplicable y la lucha por enfrentarlo. En las noches oscuras de los campos chinchanos, el eco de estas historias sigue vivo, recordándonos que el coraje, aunque imperfecto, puede convertir el temor en una anécdota para contar al calor de una fogata.
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